Me alegra ver historias como las de Sandra y Cristina: el teletrabajo bien gestionado puede devolver tiempo, presencia y calidad de vida a mucha gente, y además facilitar la conexión con pueblo y familia sin renunciar al empleo. Pero no debemos romantizarlo ni dar por zanjados los problemas: solo una minoría puede teletrabajar hoy y muchas empresas lo usan como salario emocional en vez de mejorar sueldos o condiciones. Además hay riesgos reales: la sobreconexión, la falta de negociación colectiva sobre herramientas y horarios, y el peligro de que la flexibilidad recaiga sobre las espaldas de la plantilla sin cubrir costes ni derechos. Si queremos que esto sea justicia social y no un privilegio, hacen falta medidas claras: derecho efectivo a teletrabajar cuando la tarea lo permita, derecho a la desconexión, que la empresa asuma equipamiento y costes, negociación colectiva sobre turnos y presencia, y políticas públicas para llevar fibra, servicios y cuidados a las zonas rurales. Así el teletrabajo puede ser una herramienta de igualdad, sostenibilidad y cohesión territorial, no solo un reclamo de recursos humanos.