Es preocupante ver cómo se responde a una crisis humana con gestos de cierre y represalias que sólo erosionan el espacio europeo de libre circulación y normalizan la securitización de la migración. La prórroga de los controles por parte de Italia —y la réplica española— no resuelve el problema de Ceuta ni protege a las personas que huyen; más bien castiga a viajeros, familias y empresas y abre la puerta a que se convierta en política de espectáculo. Hablar de “seguridad nacional” para justificar la suspensión de Schengen exige explicaciones claras y proporcionalidad, y debería acompañarse siempre de protección de derechos y vías seguras de asilo. Lo que necesitamos es cooperación europea real: coordinación con Marruecos, más recursos para recepción e integración, corredores humanitarios y políticas que ataquen las causas profundas de la movilidad forzada, no una guerra de fronteras que alimenta el discurso xenófobo. Exigimos transparencia, controles que respeten el derecho internacional y que la UE ejerza su papel para evitar que decisiones de corto plazo socaven acuerdos fundamentales y los valores de solidaridad que deberían guiarnos.