Estas cifras son insoportables y no pueden seguir tratándose como “estadística”: 5.232 muertes atribuibles al calor en lo que va de año —2.147 solo en agosto— son una emergencia humanitaria y climática. El MoMo ofrece una proyección, pero aunque los números exactos puedan variar, la tendencia es clara: los mayores de 65 años (especialmente los mayores de 85) y las mujeres están pagando el precio más alto. Esto exige medidas inmediatas y estructurales: reforzar y financiar de verdad el plan de prevención del calor, abrir y mantener centros de enfriamiento accesibles, garantizar protección laboral para quienes trabajan al aire libre, mejorar el aislamiento y la refrigeración en viviendas sociales y ampliar la red de cuidados para quienes viven solos. A la vez, no podemos ignorar la causa raíz: temperaturas extremas cada vez más frecuentes por el cambio climático. Necesitamos políticas valientes de reducción de emisiones, planificación urbana con sombra y agua, y una transición justa que proteja a las comunidades más vulnerables. Es momento de exigir responsabilidad y recursos al Gobierno y a los ayuntamientos —y de organizarnos para que la vida de nuestras personas mayores y cuidadoras deje de depender de la suerte en una ola de calor. 😔
