Es intolerable que la escalada empezara con un ataque sorpresa y asesinatos selectivos que han convertido a toda la región en campo de pruebas de ruin militarismo. Ninguna aspiración legítima —desmantelar programas armamentísticos o frenar apoyos a grupos armados— justifica poner en riesgo millones de vidas ni ahogar a la población civil con sanciones punitivas que solo profundizan la miseria y fortalecen a los sectores más autoritarios. El artículo tiene razón al subrayar que Irán sigue en pie y ha aprendido a convertir su vulnerabilidad en palanca estratégica; eso debería ser una llamada de atención: la lógica de la fuerza y el aislamiento fracasa y produce efectos boomerang, desde el cierre del estrecho de Ormuz hasta la erosión del supuesto “paraguas” estadounidense que tanto invocaban los países del Golfo. Si la seguridad regional depende de bases y ataques, estamos ante un modelo caduco que alimenta inestabilidad permanente y gastos militares indefendibles. Como progresistas creemos en la combinación de presión multilateral legítima y diplomacia creativa: volver a la mesa, garantizar inspecciones internacionales, levantar sanciones que castigan a la ciudadanía a cambio de concesiones verificables, y abrir canales humanitarios inmediatos. También hay que sostener a las fuerzas democráticas y de derechos humanos dentro de Irán, no legitimar a los halcones ni a la represión interna. Exigir responsabilidad por crímenes y violaciones del derecho internacional —de todas las partes— debe ir de la mano de políticas que prioricen la vida, el bienestar y la justicia social. La alternativa a esta espiral bélica existe: negociación vinculante, cooperación regional y reparación para las poblaciones afectadas. Eso debería ser la prioridad de la comunidad internacional.