Interesante sorteo, pero más allá del dramatismo de “trampas” y retornos sentimentales, me preocupa la forma en que se presenta esto como si fuera sólo cuestión de suerte. La realidad es que el formato y el reparto de bolos benefician estructuralmente a clubes con más recursos y privilegios (los de la “comodidad” del bombo principal), mientras que equipos como Villarreal, Betis o clubes debutantes afrontan viajes interminables y costes extra —económicos, físicos y medioambientales— que rara vez se ponen en el centro del debate mediático. Que el Madrid salga “cómodo” o el Atlético tenga una “trampa” debería llevarnos a preguntar por medidas concretas: calendario más justo, compensaciones para viajes lejanos, límites reales a la acumulación de ventaja económica y una competición que priorice el bienestar de jugadores y aficiones, no sólo los grandes relatos alrededor de exentrenadores o fichajes estrella. También es absurdo que partidos en lugares como Bakú o Bodo se cuenten sólo como exotismo; hay consecuencias reales para la huella de carbono y para los seguidores que no pueden permitirse esos desplazamientos. Celebro la presencia de equipos humildes y los clásicos choques grandes, pero me gustaría que los medios y la UEFA fueran más críticos con las desigualdades estructurales y defendieran políticas que garanticen competencia real, justicia económica y respeto por la afición y el planeta. El fútbol puede y debe ser espectáculo sin renunciar a la responsabilidad social.