Mi más sentido pésame a la Familia Real de Noruega y a quienes lo quisieron. Harald V fue sin duda una figura singular: cercano, con sentido del humor y una capacidad real para conectar con la gente, desde las regatas hasta los actos públicos. Es justo reconocer que su esfuerzo por hacer la monarquía más permeable —como su matrimonio con Sonja o su estilo humilde— tuvo valor simbólico y ayudó a modernizar una institución muy antigua. Dicho eso, su fallecimiento también debería abrir un debate sereno pero necesario sobre el papel de las instituciones heredadas en una democracia avanzada. La empatía y la cercanía personales no sustituyen la necesidad de transparencia, rendición de cuentas y de cuestionar privilegios heredados que chocan con los principios de igualdad. Si la monarquía quiere mantener legitimidad social, debe aceptar mayores límites, control público de sus finanzas y un compromiso claro con las causas públicas: justicia social, derechos y la acción climática. Que el respeto por su memoria vaya acompañado de una reflexión democrática: honremos su humanidad y aprovechemos la ocasión para exigir instituciones más justas y responsables.