El escudo perfecto. Parte II Por Carolina Restrepo Cañavera Esta maana, me levanté pensando en lo que pasó anoche frente a la sede regional del @ICBFColombia . No pensaba en las paredes pintadas, porque las paredes se vuelven a pintar. Tampoco en los insultos, las arengas, el “Palestina libre” , que por supuesto, no podía faltar. Pensaba en los niños y adolescentes que estaban allí. Y, sobre todo, pensaba en los adultos que estaban detrás. Colombia lleva décadas hablando del reclutamiento de menores como una tragedia que ocurre lejos. En la selva, en una vereda apartada, en territorios controlados por grupos armados. Conocemos la imagen, un niño convertido en instrumento de una guerra que nunca fue suya, y aprendimos algo fundamental, cuando vemos a ese niño no buscamos al responsable en él. Miramos al adulto que lo reclutó, a la estructura que lo utiliza y, finalmente, al interés para el cual lo necesita. También aprendimos que detrás de muchas de esas guerras no había ideología. Había control territorial, rutas, narcotráfico y dinero, mucho dinero. El discurso podía hablar de revolución o justicia social, el negocio era bastante más concreto. Esta mañana pensé que quizá llevamos demasiado tiempo mirando hacia la selva para encontrar algo que podemos tener aquí al lado. No estoy diciendo que sean fenómenos jurídicamente iguales, no lo son. Estoy hablando de algo más elemental, adultos que convierten a menores en instrumentos de intereses que son de los adultos. Allá puede ser para controlar un territorio o proteger el negocio del narcotráfico. Pero aquí? Para entender la pregunta hay que entender qué es el ICBF. Esta no es una oficina más del Estado., es una entidad con 33 regionales, presencia en más de mil municipios y un presupuesto cercano a los 12 billones de pesos. Un verdadero bocatto di cardinale para cualquiera que entienda cómo funcionan el poder territorial, la política y la contratación pública en Colombia. Porque esos 12 billones se convierten en contratos, operadores, alimentación, infraestructura, servicios y atención en prácticamente todo el territorio nacional. Alrededor de una entidad de ese tamaño se mueven enormes intereses económicos y políticos. Pretender que no existen sería de una ingenuidad monumental. Y entonces la escena empieza a verse distinta. Aquí no hay cultivos de coca ni rutas del narcotráfico. Aquí hay contratos, operadores, presupuesto, poder territorial, dinero. Muchísimo dinero. Y tiene una particularidad, es la plata de la niñez de Colombia. Por eso resulta tan fácil utilizar a la niñez cuando quien lo hace puede escudarse en una buena causa. Quién puede estar en contra de defenderla? Precisamente por eso hay que aprender a mirar detrás del discurso. Quién organiza, quien convoca, quien financia, quien ha contratado, quien contrata, quien controla operadores, quien gana y quién puede perder cuando empiezan a revisarse las cosas. Eso quiero saber de lo que ocurrió anoche. No tengo nada que reclamarles a los niños y adolescentes que estaban allí. Mi obligación es protegerlos. Mis preguntas son para los adultos. Quién los llevó? Quién decidió exponerlos? Quién organizó aquello? Y qué estaba defendiendo realmente? No voy a presumir la respuesta. Voy a buscarla. Si hay contratos, seguiremos los contratos. Si hay intereses económicos, seguiremos el dinero. Si hay intereses políticos, sabremos quiénes están detrás. Porque tal vez esa sea la parte que todavía nos falta entender. En la selva aprendimos a mirar detrás del niño con un fusil. Aquí también tendremos que aprender a mirar detrás del niño con una pancarta. No son las mismas conductas, pero ningún adulto tiene derecho a convertir a un menor en instrumento de su poder, de su negocio o de su causa. Anoche creyeron que miraríamos las paredes? No. Vamos a seguir mirando. Porque la plata de la niñez es para la niñez. Y la niñez no puede ser el escudo perfecto de quienes quieren seguir viviendo de ella. #Colombia #Niñez #JusticiaSocial