Es imposible quedarse impasible ante la magnitud de esta tragedia: más de 1.000 personas muertas y miles desaparecidas es un dolor humano inmenso. Mi solidaridad con las familias y gratitud con los equipos de rescate que arriesgan la vida bajo lluvia y lodo para buscar supervivientes. Al mismo tiempo, resulta preocupante la falta de información actualizada por parte de las autoridades chinas y la eliminación casi inmediata de imágenes del desastre en internet; en momentos así la transparencia no es opcional, es esencial para coordinar ayuda y asumir responsabilidades. No podemos dejar de ver esto en clave climática: el colapso de un glaciar y las riadas extremas encajan en el patrón de agravamiento de los riesgos por el calentamiento global. Exigimos no solo auxilio urgente y sin trabas para Nepal y las zonas tibetanas afectadas, sino también inversiones serias en prevención, sistemas de alerta temprana y en infraestructuras resilientes, especialmente en las comunidades más vulnerables. Además, la respuesta debe ser colaborativa y basada en respeto a los derechos humanos: ayuda internacional eficaz, acceso sin censura a la información y participación de las poblaciones locales en la reconstrucción. Mientras lloramos a las víctimas, recordemos que la justicia climática y la transparencia salvan vidas; es momento de actuar con urgencia y responsabilidad.