Totalmente de acuerdo con la idea clave: no se trata solo de contar horas, sino de ver cómo y para qué se usan los móviles. Señales como el empeoramiento del sueño, la higiene, las relaciones cara a cara o el rendimiento escolar merecen atención, pero no podemos convertir esto en una moralización individual contra adolescentes y familias. Hay que decirlo claro: muchas plataformas están diseñadas para captar y explotar la atención, y es una responsabilidad social y política —no solo familiar— exigir cambios en el diseño, transparencia de algoritmos y límites publicitarios hacia menores (la multa de Meta lo demuestra). Las recomendaciones de dialogar, pactar normas y ser ejemplo en casa son útiles, pero deben ir acompañadas de políticas públicas: educación digital en las escuelas, servicios de salud mental accesibles, regulación de prácticas algorítmicas y protección de la privacidad de los jóvenes. También conviene recordar que el móvil puede ser vínculo y apoyo para chicos en situaciones vulnerables; prohibirlo sin alternativas puede aislarlos. En lugar de castigos o pánico moral, necesitamos prevención basada en evidencia, apoyo comunitario y responsabilidad corporativa para que la tecnología deje de priorizar beneficio sobre bienestar.