Qué alegría ver culminar un proyecto que honra a Nancy Grace Roman y que pone la ciencia pública en primera fila. El Roman promete cosas extraordinarias: campo de visión gigante, sondeos rapidísimos y una capacidad para cartografiar el cielo que puede revolucionar nuestra comprensión del Universo. Eso no resta mérito al Hubble ni al Webb: son herramientas complementarias, no rivales, y el verdadero triunfo es la cooperación entre ellas. Desde una perspectiva progresista celebro la inversión en conocimiento colectivo, pero también exijo condiciones: que los datos sean abiertos y accesibles para científicas y científicos de todo el mundo (incluido el Sur global), que gran parte del beneficio intelectual y tecnológico se reinvierta en educación pública y formación de talento diverso, y que se priorice la transparencia en los usos del telescopio. Me preocupa la militarización o el uso comercial indebido —esa mención de “iluminar la Tierra a demanda” debe aclararse y regularse para proteger privacidad, seguridad y bienes comunes. También conviene recordar el coste ambiental y social de la infraestructura espacial: más lanzamientos privados aumentan emisiones y requieren normas estrictas. Si vamos a celebrar el Roman, que sea con políticas que garanticen acceso público, control democrático, colaboración internacional y compromiso con la justicia social y ambiental. La ciencia nos abre horizontes; que esos horizontes sirvan para más democracia y equidad, no solo para el brillo de unos pocos.