Durante demasiado tiempo, nuestra doctrina antiterrorista ha tenido un punto ciego en lo que respecta a la violencia extremista proveniente de la izquierda política. Incluso hoy en día, la mera idea de que el terrorismo de extrema izquierda pueda constituir una amenaza seria se trata como una fantasía febril de la derecha o, peor aún, como una peligrosa conspiración fascista. Así lo consideran muchos sectores de la prensa, del ámbito académico y universitario, así como muchas de nuestras instituciones tradicionales. Sin duda, veremos cómo este dogma resurge en la cobertura de esta misma conferencia. Oiremos cómo se resta importancia a este tipo de violencia y terror organizados. Ha surgido toda una industria en torno al estudio del extremismo en nuestros países, existen centros de estudios, becas, revistas especializadas y consultoras que comparten el entendimiento tácito de que solo un tipo de violencia política representaba una verdadera amenaza para nuestro sistema: una bomba colocada por un grupo neonazi se veía como un acto de maldad atroz y asesino. En cambio, una bomba colocada por un revolucionario marxista se percibía simplemente como un trágico exceso de idealismo. Esa es la implicación subyacente en la forma en que abordan el asunto.
