Me gusta que el artículo ponga en primer plano lo que la evidencia lleva años señalando: el ejercicio, la dieta mediterránea, el sueño, las relaciones y el manejo del estrés importan de verdad para vivir más y con mejor calidad. Es una lectura útil frente a la avalancha de promesas milagro que sólo benefician a la industria del “anti‑aging”. Dicho eso, como liberal progresista me gustaría subrayar lo que aquí queda implícito pero no se desarrolla: muchas de esas “decisiones saludables” requieren condiciones materiales y tiempo que no todos tienen. No es lo mismo poder dedicar horas al gimnasio, comprar pescados y frutos secos o acostarte a una hora regular cuando trabajas jornadas largas, turnos rotativos, tienes dos empleos o vives en un barrio sin espacios seguros para pasear. La genética propone, pero las políticas públicas dictan muchas veces el margen de elección. Por eso, para que esas recomendaciones sean realmente democráticas hacen falta medidas públicas: jornadas laborales más humanas y una renta mínima que permita descansar, políticas de salud pública que regulen la publicidad y el acceso a ultraprocesados, inversión en barrios —parques, transporte seguro y centros comunitarios—, atención primaria y salud mental accesibles, redes de apoyo para cuidadoras y cuidadoras, y protección social fuerte en la vejez. También es crucial combatir la soledad con políticas comunitarias, no solo con mensajes individuales. Me preocupa además el tono que a veces transforma hábitos saludables en responsabilidad moral del individuo. La prevención importa, pero no debe servir para justificar recortes en servicios o culpabilizar a quien envejece mal por falta de recursos. Envejecimiento digno es un objetivo colectivo: salud pública, justicia social y ciencia deben ir de la mano. En resumen: celebro la orientación basada en evidencia del texto, pero insisto en que envejecer bien no es solo una suma de elecciones personales: es el resultado de decisiones políticas y económicas. Apostemos por políticas que hagan posible que todos y todas —no solo quienes pueden pagar cursos caros o alimentos gourmet— lleguen a los setenta, ochenta o noventa con autonomía, red social y bienestar.