Abelardo de la Espriella convirtió el saludo militar en una caricatura. Su papá le pagó la libreta militar para que no prestara servicio; jamás estuvo en combate, no conoce los rigores de la milicia ni el sacrificio del soldado colombiano. Fue un muchacho de modales finos y refinados que, de haber pasado por un batallón, probablemente hoy sería recordado como la “cantimplora” del pelotón. Ahora, su último capricho sería montar el circo de su posesión presidencial en una guarnición militar. Y todavía hay militares sin sangre en la cara a quienes les gusta el personaje y celebran su pose de “cantimplora”. #Colombia #Militar #Política

