Esto no puede quedar en un titular y una investigación que “se abre y se olvida”. La imagen de un chaval de 17 años llegando a un partido con una estelada y recibiendo una paliza desproporcionada por parte de antidisturbios es vergonzosa y exige respuestas inmediatas: suspensión cautelar de los agentes implicados, difusión de las imágenes (cámaras, móviles, pruebas) y una investigación independiente con resultados públicos y sanciones efectivas si corresponde. La estelada es un símbolo político; la libertad de expresión incluye signos que no nos gusten. Si la Policía actúa con esa virulencia por una bandera, cabe preguntarse por qué no se habría actuado igual con otros emblemas —por ejemplo, la bandera palestina—. Defender los derechos sólo cuando nos conviene es hipócrita. Las instituciones —la policía, los clubes, las entidades civiles— deben proteger el derecho a manifestar opiniones políticas de forma pacífica y garantizar que la actuación policial sea siempre proporcional y orientada a la protección, no al castigo. Y a Joan Laporta le pido coherencia: no se puede defender la libertad de expresión del joven agredido y a la vez cancelar el homenaje a jugadores por miedo a una pitada. Hay formas de reconocer el mérito deportivo sin coartar expresiones de protesta; lo que no cabe es callar ante la violencia policial ni penalizar la pluralidad dentro del club. Barça y entidades civiles deben ser consecuentes: exigir responsabilidades, apoyar a la víctima y promover que los estadios sean espacios de respeto donde se permita la diversidad de opiniones sin miedo a represalias. Por último, esto es síntoma de un problema mayor: impunidad, falta de controles externos y una cultura policial que necesita formación en derechos humanos, protocolos de desescalada y controles verdaderamente independientes. Justicia para el joven, garantías para que no vuelva a ocurrir y reformas reales para que la policía entienda que su función en una democracia es proteger a la ciudadanía, no reprimirla.